La sociedad no solo es víctima de los desastres, sino causantes de ellos: Iberoamericana

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(Programa de Medio Ambiente de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México)

Ciudad de México.- A pesar de que los primeros estudios sociales sobre los desastres datan de la década de los cuarenta del siglo pasado, actualmente persiste la idea de que son resultado de la dinámica natural terrestre e incluso de fuerzas sobrenaturales. Esta concepción es una mala interpretación que invisibiliza la responsabilidad humana en el sistema sociedad-naturaleza.

La sociedad no sólo es víctima de los desastres, sino también la causante de ellos en tanto construye las condiciones estructurales que ponen en mayor riesgo a ciertos grupos humanos frente a los embates de los fenómenos naturales. Así, aunque es cierto que los fenómenos geológicos, meteorológicos y oceánicos son los agentes del “desastre natural”, lo que impone la connotación de desastre es el resultado de la suma del funcionamiento de la naturaleza más la situación de vulnerabilidad de las poblaciones. Es decir, las consecuencias de un fenómeno natural pueden devenir desastrosas para el ser humano y su forma de vida, pero no hay intencionalidad ni maldad intrínseca en dichos eventos.

Y en un mundo como el nuestro, donde vulnerabilidad es casi sinónimo de pobreza, las comunidades que se encuentran en mayor riesgo son las que tienen menor capacidad para enfrentar dichos fenómenos. No es casual que en la mayoría de los casos, los pueblos con menos recursos sean los más afectados.

Asimismo, el cambio climático antropogénico ha puesto de manifiesto el componente social de los desastres en tanto ha exacerbado las amenazas naturales. Al hacer un recuento rápido de los fenómenos de 2017, encontramos que las frases “el peor de las últimas décadas” o “sin precedentes” son recurrentes. Como han insistido de manera incansable los expertos del cambio climático, los fenómenos hidrometeorológicos han sido cada vez más frecuentes y agresivos. Prueba de ello es la temporada de lluvias y ciclones de este año, que generó graves consecuencias en varias partes del planeta.

Sin duda, las primeras imágenes que se vienen a la mente son las de la estela de destrucción de los grandes huracanes del continente americano, ‘Harvey’ y ‘María’, muy difundidos por los medios de comunicación. Sin embargo, otros desastres masivos menos reportados, como el derivado del monzón del sureste asiático, dejó aún más víctimas. Se estiman 1200 personas muertas y 41 millones de afectados en Nepal, India y Bangladesh, es decir, cerca de un tercio de la población de México (bbc, 2017).

También son parte de la larga lista de fenómenos naturales asociados al cambio climático las inundaciones y los deslaves de Sierra Leona, las sequías y corrientes de aire que favorecieron la ola de incendios más catastrófica en la historia de California y la presencia de una tormenta tropical en Islandia, por mencionar sólo algunos.

De esta forma se comienza a manifestar el cambio climático, y sorprende que escenarios previstos para el mediano plazo son ya una realidad: hectáreas de tierras de cultivo inundadas o reducidas a cenizas, pérdida de bosques, proliferación de enfermedades, desplazamientos por causas climáticas, millones de damnificados, entre otros. Todo esto sucede a la par de las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que señalan la salida de su país, el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero (BBC, 2017), del Acuerdo de París.

A pesar de que los alcances de este pacto internacional son insuficientes, resulta alarmante que ante el mayor desafío global que enfrenta la humanidad y el urgente llamado generalizado a todos los sectores de la población para atender lo que de manera insistente se repite “es responsabilidad de todos”, la representación de uno de los países más contaminantes del mundo simplemente decida no ceñirse.

Aunque todos somos parte del problema, no todas las personas, los grupos o los países contribuimos de la misma manera a la degradación ambiental ni nos beneficiamos de igual forma del orden mundial actual. En este sentido, es importante el reconocimiento de la responsabilidad diferenciada y la construcción social de los desastres. Si éstos siguen entendiéndose como el resultado natural e irremediable de fenómenos impredecibles e imprevisibles, se diluye la obligación de las clases políticas, los grandes empresarios y las organizaciones internacionales en cuanto a la reducción de las vulnerabilidades de las poblaciones menos aventajadas.

Es fundamental que como humanidad dejemos de crear condiciones de injusticia que deriven en mayor vulnerabilidad para las poblaciones y el ambiente. La justicia social y la ambiental van de la mano, y su promoción no sólo implica “castigar culpables”. Es vital trabajar en la construcción y la defensa de proyectos de vida diferentes al dominante, reconocernos como parte de la naturaleza y coexistir en armonía con ella.

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