Museo de Antropología exhibe joyas bibliográficas y manuscritos creados para la conquista espiritual

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Exposición Evangelización en lenguas indígenas. Siglos XVI a XVIII, se exhibe en el MNA-INAH. Foto: Melitón Tapia, INAH.

Ciudad de México.- Simultáneamente a la invasión militar, distintas órdenes religiosas arribaron a Nueva España con la misión de “plantar el Evangelio en los corazones de aquellos infieles”, esa empresa de conquista espiritual es narrada a través de un valioso corpus bajo custodia del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), compuesto por libros y manuscritos en lenguas indígenas que sirvieron a la cristianización de los pueblos sojuzgados.

A fin de reflexionar sobre este proceso que para los frailes supuso una travesía por tierras y palabras ignotas, se inauguró la muestra Evangelización en lenguas indígenas. Siglos XVI a XVIII, que presenta medio centenar de materiales para el adoctrinamiento, entre catecismos, confesionarios y sermonarios, así como vocabularios, artes y gramáticas, testimonio de la titánica labor de estos misioneros, a quienes se considera los primeros lingüistas de América.

La exposición se da en el marco del Año Internacional de las Lenguas Indígenas y es resultado de un esfuerzo conjunto entre la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH), en cuya bóveda se resguardan estos valiosos documentos; la Dirección de Lingüística, centro de investigación que celebra su 50 aniversario, y el Museo Nacional de Antropología (MNA), donde podrá visitarse durante noviembre.

Como lo destacó el historiador Antonio Saborit, director del MNA, la evangelización constituye uno de los procesos culturales más importantes por su proyección en la formación de México como nación pluricultural, y de los mexicanos como población pluriétnica.

En un recorrido por la muestra, Baltazar Brito y Alfonso Pérez Luna, titulares de la BNAH y de la Dirección de Lingüística, respectivamente, explicaron que las lenguas de los vencidos no tenían parangón alguno con el castellano o el latín. Para acometer su empresa, los frailes idearon distintos métodos como los memorísticos y de recitación, mímicos y pictográficos o nemotécnicos por asociación fónica y de objetos, que finalmente resultaron infructuosos.

“La llave estaba en el conocimiento de las lenguas indígenas, vía infalible no sólo para comunicarse y llevar a cabo la predicación, sino para componer obras y ayudar a otros a conocerlas, por ejemplo, mediante vocabularios, artes y gramáticas. La presencia del indígena fue fundamental en la elaboración de estos documentos. Fueron ellos quienes enseñaron a los frailes su uso del lenguaje y modo de articularlo”, sostuvieron.

Evangelización en lenguas indígenas. Siglos XVI a XVIII, abunda primeramente en el conocimiento y la sistematización de las lenguas indígenas, ilustrándola con vocabularios, artes y gramáticas. El segundo apartado muestra los instrumentos utilizados en la evangelización, llámense catequesis, doctrinas, confesionarios, y por último se encuentran las “obras mixtas”, que aúnan ambos aspectos: conocimientos sobre la lengua y herramientas de adoctrinamiento.

Se trata de obras escritas o impresas en lenguas como el náhuatl, maya, totonaca, purépecha, huasteco, mixe, cakchikel, chontal, mayo, trique, zoque, tarahumara, otomí y zapoteco; en la mayoría de los casos con su contraparte en castellano. Es posible admirar el Arte de la lengua matlatzinca, del fraile agustino Diego Basalenque; el Vocabulario maya-español, de Juan Pío Pérez Bermón; o el Arte de lengua totonaca conforme al arte de Antonio Nebrija, de Joseph Zambrano Bonilla.

En la muestra destaca “La Obediencia” y “La Instrucción”, ambos de 1523, que formalizaron el proceso evangelizador. El primero contiene una serie de recomendaciones, en español, que los misioneros debían observar en su prédica; y el segundo, redactado en latín, es el documento oficial mediante el cual se envió a fray Martín de Valencia y a doce hermanos a cristianizar la Nueva España.

Joya aparte es el Vocabulario en lengua castellana y mexicana, de fray Alonso de Molina, quien aprendió náhuatl a temprana edad y sirvió de intérprete a los franciscanos. Esta copia salió de la imprenta de Juan Pablos en 1555, y fue utilizada para anotar los equivalentes en otomí, logrando un valioso diccionario trilingüe. Pero no sólo posee anotaciones sobre el léxico, sino que incluye frases y rúbricas de quienes lo tuvieron entre sus manos, caso de Francisco Salazar, fundador del Colegio de Tlatelolco.

Alfonso Pérez Luna, director de Lingüística del INAH, recordó que las órdenes mendicantes o regulares llegaron a lo largo del siglo XVI. Primero fueron los franciscanos en 1523, con tres miembros que se distinguían por su observancia: Pedro de Gante, Juan de Tecto y Juan de Uroa. Tres años después llegarían los dominicos, y en 1533, los agustinos. Casi cuatro décadas más tarde, en 1572, entrarían en escena los jesuitas.

Con mayor o menor éxito, estas órdenes emprenderían su labor en distintas regiones de la vasta Nueva España. Los franciscanos establecieron las primeras misiones en casi toda la parte central y porciones del sureste, aunque luego debieron compartir parte de su territorio con los dominicos. Los agustinos abarcaron porciones de los actuales estados de México, Hidalgo, Guerrero y algunas zonas de la huasteca. Por su parte, la Compañía de Jesús extendería sus tareas más enfocadas a la educación, hacia el septentrión novohispano.

Aunque los mundos indígenas quedarían subsumidos a partir de una condición sin la cual el conquistador no justificaba su permanencia: convertir al otro al cristianismo; dentro del propio clero hubo desde temprano diferentes posiciones, mientras algunos rechazaban la impartición educativa y la ordenación de los indígenas, otro sector ilustrado defendía su instrucción y su toma de votos religiosos.

Bajo este último precepto fue que se fundaron espacios tan importantes como el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, de donde saldrían maestros trilingües como Antonio Valeriano, Andrés Leonardo, Martín Jacobita, Alonso Begerano y Pedro de San Buenaventura, todos colaboradores de fray Bernardino de Sahagún, y que contribuyeron en obras enciclopédicas como la Historia general de las cosas de Nueva España.

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