“La Lechuga” y la Custodia de la Virgen en el Camino del Absoluto

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Foto: Museo del Prado y Revista Ecclesia

Bogotá, Colombia (Gaudium Press) Una custodia como La Lechuga, tal vez sólo podía ser hecha en Colombia, principal productor de esmeraldas del mundo, gema apreciada allí desde tiempos precolombinos.

Fue por el año 1700, que la piedad eucarística de los jesuitas encomendó al orfebre español José de Galaz la mayor maravilla de esmeraldas que existe en el mundo, y que la voz del pueblo bautizó como La Lechuga por lo atronador de su verde, fruto de sus más de 1400 esmeraldas, algunas gigantescas, todas sublimes.

No hay tipo de esmeralda que se equipare a las de ese país andino, que en La Lechuga vienen en forma de cabuchón, facetadas, de verde super intenso, etc. Se acerca la Lechuga a la ‘Custodia-Absoluta’ (Ver 1 y 2), según el pensamiento del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, expuesto en anteriores ocasiones. Contemplándola la persona se siente transportada a “otra dimensión”, una de perfección, donde todo es bello, sublime, santo.

Es cierto que para los amantes de la sublimidad y austeridad medieval, el rococó del estilo puede ser un tanto demasiado terrenal, pero hay que ser harto mezquino para no dejarse elevar con los colores, tamaño y maravilla del oro y de las gemas, no solo de los ríos de esmeraldas, sino también los del topacio gigantesco, el zafiro suave, los puros diamantes, las tiernas y abundantísimas amatistas, las blancas perlas…

La Lechuga nutrió la piedad de la provinciana, fría, amena, acogedora y católica Santa Fe de Bogotá durante mucho tiempo, no sólo en la Iglesia de San Ignacio sino por las calles durante las procesiones en que en su interior recorría regio la Hostia, recordando a los fieles que más valioso que La Lechuga es el disco luminoso ‘mitad’ materia ‘mitad’ divinidad, llamado Santísimo Sacramento del Altar. Pero somos también de carne, y maravillas como La Lechuga nos ayudan a entender la altura de lo divino.

Y después de contemplar embelesados por felices instantes la magnífica ‘custodia-absoluta’ de luminoso verde, de ver cómo los turistas que se acercaban despreocupados iban adentrándose en un cauto silencio contemplativo y respetuoso por la sacralidad de la maravilla, nuestro espíritu, como el de todos los mortales insaciable de maravilla, pensaba en cómo sería la Custodia-Verde-Absoluta del Cielo Empíreo… esa ante la que la Virgen en su palacio en el paraíso se arrodillaría para adorar a su Hijo Santísimo Sacramento del Altar.

Y pensando en ello, habremos en algo recorrido el camino al Absoluto, y habremos vivido algo del cielo, tal vez para ir haciendo de la tierra un cielo.
Por Saúl Castiblanco ___ Fotos: Museo del Prado y Revista Ecclesia

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