Dos Poetas en Victoria: Tamaulipas, México

Ciudad Victoria, Tamaulipas, México, América.- Por Francisco Ramos Aguirre

Manuel José Othón

Manuel José Othón

Originario de Cerritos, San Luis Potosí es uno de los poetas mexicanos más importantes modernistas. Abogado de profesión, se desempeñó de Juez en Tula, Tamaulipas. Al menos un par de ocasiones visitó Ciudad Victoria, donde pernoctó varias noches en casas de familias adineradas y amantes de la cultura. Sobre este tema consigna su estancia en una carta de mayo de 1889, dirigida a su esposa Josefa Jiménez y Muro.

La misiva aparece en el libro Epistolario donde revela con letras cursivas, el impacto visual de la región serrana jamauvense y su accidentado pero placentero viaje a través de la Sierra Madre Oriental. Pero sobre todo, deja un testimonio para conocer algunos pormenores de su tránsito a la capital tamaulipeca.

De Victoria a Tula dice el bardo potosino “Idolatrada güerita de mi corazón: No te escribí al llegar, como te había prometido, porque llegamos tarde el día que salía el correo para ésa, y además llegamos muy cansados, pues el camino es largo, muy largo y fastidioso. No hay nada notable en él, pues lo mejorcito es el Valle de Jaumave, y ese se pasa en un rato corto. La sierra para llegar a ésta, es por el estilo de la de Guadalcázar, aunque mucho más grande.”

Leguas antes de llegar a Victoria, el bardo retoma el hilo de la interesante narración precisamente a su paso el legendario Camino Real de Tula “De la sierra, nada más bajando para acá, cambia absolutamente el aspecto del terreno y empieza una vegetación poderosa y espléndida de la que puedes formarte una idea, acordándote de la del Contadero.”

Narra emocinado su presencia por la céntrica calzada que aún podemos disfrutar en la actualidad. Se refiere a la avenida Alejandro Prieto, actualmente Francisco I. Madero o calle 17 trazada durante el gobierno del general Servando Canales por el topógrafo saltillense de la Fuente. Describe la amplia vía y pareja, flanqueada de árboles gigantescos. Tal era el paisaje que los forasteros provenientes de Jaumave  podían apreciar, a su llegada a Ciudad Victoria. Othón observó a su paso, bosques de naranjos, mangos, ciruelos y platanares. Además del histórico Río San Marcos, caudaloso y de corriente impetuosa, seguramente acrecentada durante los aguaceros de mayo.

De la Alameda, donde existía hasta hace varias décadas un poderoso árbol -probablemente un enorme olmo que aparece en una fotografía de 1910 rodeado de personas- Othón no tiene límite en su generosa reseña: “…Es tan ancha como la calle de El Apartado de San Luis. A uno y otro lado corre una acequia de agua cristalina, a cuyos bordes se alza el verdadero álamo, que es corpulento y hermosísimo, y teniendo tal altura, se entretejen por sus cumbres los árboles, formando toldo.” No dudamos sobre su estancia en el Paseo Méndez donde años después, el maestro Lauro Aguirre, diseñó el pedagógico de la escuela de la fronda o al aire libre.

Victoria, un mundo raro

Respecto a su arquitectura, no tiene límites al comparar las casas de teja roja de barro y columnas dóricas, con los chalets suizos. Alude a una similitud con las antiguas villas potosinas Cerritos y Guadalcázar, donde también radicó el abogado. Afirma que Ciudad Victoria era una población agradable y rara, con “…buenas fincas,…con sus enormes zaguanes, abiertos siempre de par en par….la iglesia es una troje larga, larga y muy angosta…El reloj es muy bueno y está en la torre que está mocha como la de Cerritos. El palacio de gobierno es una casa de altos como la de Guadalcázar. Lo más feo es la plaza de armas, que tiene un aspecto como la de Santa Bárbara.”

Del carácter de los victorenses, comenta a su esposa Pepita sobre las intrigas, chismes y rumores, propios de una localidad pequeña donde todo se sabe: “No puedes formarte una idea;…No pueden ver a Tula ni a los de Tula, y hablan de ello, no sólo con desprecio sino con odio….Dicen que los habitantes de Tula, hombres y mujeres, tienen todos los defectos y vicios del interior…y este modo de hablar es general, y me dicen que hasta el gobernador y el obispo dicen lo mismo.” ¿Alejandro Prieto y Eduardo Sánchez Camacho?

Sin embargo el señorío aristócrata de los victorenses, no escapa a sus observaciones cuando fue atendido cordialmente en casa del español Toribio Dosal. “Aquí se anda en las calles con abanico, hombres y mujeres, y vestidos a la ligera. También en los trajes encuentras algo de raro. Las muchachas andan sumamente sencillas, pero elegantísimas, con trajes blancos, todos sin adornos de colores, con capotas de paja en la cabeza, y esas capotas no tienen adornos o los tienen blancos también…Habrá según me han dicho, catorce o quince pianos, pero más de setenta muchachas y veinte hombres que los toquen…El profesor de aquí es uno que fue corista de ópera, muy bruto. Anduvo con Manuela G. de Pineda, y desde entonces no sabe que haya más música que aquella.”

Alude a la cantante republicana y prima “donna” Manuela Gómez, famosa a finales del siglo XIX, quien participó en las funciones de ópera italiana Rigoletto y La Dama de las Camelias anunciadas en el Teatro Nacional. La descripción de Othón en la extensa misiva, ilustra la vida cotidiana en Ciudad Victoria: música, vestuario de sus habitantes y la costumbre vespertina de platicar en las banquetas, sentados en mecedora; imprescindible en la vida cultural mexicana del siglo XIX.

Jack Kerouac, camino a Victoria

A mediados del siglo XX, destaca en Ciudad Victoria la presencia del escritor y poeta norteamericano Jack Kerouac. Se le recuerda por ser integrante de la “Beat generation” o “generación perdida” un movimiento juvenil de la posguerra,  antecedente de los grandes rompimientos generacionales los sesenta. En 1949 Kerouac llegó de paso a la capital tamaulipeca, dejando una breve crónica de los momentos de esa época:

Jack Kerouac

Steve Turner, Jack Kerouac y otros cruzaron en automóvil la frontera mexicana por el puente de Rio Bravo en Nuevo Laredo y enfilaron por la Carretera Nacional “[…] Ambos quedaron cautivados por los polvorientos caminos primitivos, los adobes sucios, destartalados y lo que ellos percibían como la «calma» de los mexicanos. […] En Ciudad Victoria los tres hombres despeinados, campesinos descalzos, no estaban acostumbrados a ver a los viajeros estadounidenses de apariencia tan desaliñada [siendo éste el primer contacto que tuvieron al llegar a la ciudad].”

En una gasolinera, se les acercó un joven mexicano que los enroló para que se juntaran y se ofreció a llevarlos a conocer chicas. “Después de compartir su marihuana de cosecha propia con ellos, su nuevo amigo mexicano los llevó a un burdel local, equipado con sofás, música de mambo, un bar y una pista de baile donde las mujeres podían ser contratadas por $ 3.50. Se fueron después de tres horas, sudados y bebidos; Neal [Cassady] les dio dinero a los policías de aspecto aburrido que estaban merodeando en la acera.”

Cuando se despidieron de Victoria, después de varias borracheras uno de los viajeros  “…prodigó adioses a todo el mundo: a las chicas, a los polis, a las multitudes; a los niños que había en las calles, lanzó besos en todas las direcciones de la Ciudad de Victoria; avanzó orgullosamente dando tumbos entre los grupos de mirones…”

No obstante que la estancia de los jóvenes norteamericanos fue breve, la crónica proporciona una idea del ambiente nocturno que los turistas disfrutaban ese tiempo. Para entonces Victoria tenía alrededor de 40 mil habitantes y el principal hotel era el Sierra Gorda donde se hospedaron. Seguramente el burdel donde se divirtieron, pertenecía a la zona de tolerancia donde circulaba marihuana, música, prostitutas, homosexuales y alcohol se localizaba entre las calles Abasolo y Carrera Torres, cerca del Estadio Marte R. Gómez. (Fuentes: Angelheaded Hipster, London, Bloomsbury Publishing Plc., 1996).

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