Islas Salvajes, con cinco habitantes y una disputa más larga

Casa Guardián, Salvaje Madera Grande, Islas Salvajes, África.- A mitad de camino entre Madeira y las Islas Canarias se encuentra el archipiélago de las Islas Salvajes, un pequeño grupo de islas  e islotes cuya flora y fauna son realmente excepcionales. Más de cincuenta especies, desde lagartos a arácnidos, pasando por veinte insectos distintos, son endémicas de las islas, lo que las convierte en una reserva natural de primer orden.

 Las Islas Salvajes son también protagonistas del conflicto «fronterizo» más largo mantenido entre España y Portugal; cinco siglos de disputas, aún por resolver, sobre la soberanía de 270 hectáreas (2,7 kilómetros cuadrad0s) en mitad del Océano Atlántico, a varias horas en barco de la tierra habitada más cercana, las Islas Canarias. El conflicto, actualmente, no es sobre la soberanía de las islas (España ha cedido en ese punto), sino sobre su habitabilidad, y todo lo que ello supone. Miles de kilómetros cuadrados de mar por explotar para uno de los dos países, España o Portugal.

Las Islas Salvajes, o Ilhas Selvagems, en portugués, se encuentran a unos 140 kilómetros al norte de las Islas Canarias y aproximadamente al doble de esa distancia de Madeira. En total son tres islas y doce islotes, meros peñascos en mitad del mar. La isla más grande, en uno de esos derroches de imaginación toponímicos a los que estamos acostumbrados, se llama Salvaje Grande. Las otras dos islas son la Salvaje Pequeña (era inevitable) y la Isla de Fora. El archipiélago fue bautizado así por el navegante portugués Diogo Gomes, aunque habían aparecido antes en mapas del siglo XIV.

Durante el proceso de conquista de las Islas Canarias y su anexión al Reino de Castilla, a lo largo de todo el siglo XV, las Islas Salvajes fueron visitadas en numerosas ocasiones, aunque sin dejar población permanente, dada la inhabitabilidad del archipiélago; sin fuentes de agua potable y de difícil acceso debido a los acantilados de sus costas. Durante los siglos siguientes tanto españoles como portugueses consideraron como propias las islas, si bien continuaron deshabitadas. Pescadores portugueses y canarios recalaron allí durante siglos, tiempo en el que la propiedad de las islas fue pasando de mano en mano entre distintos propietarios de nacionalidad portuguesa.

A finales del siglo XIX y principios del XX España intentó débilmente afirmar su soberanía sobre el archipiélago, sin demasiado éxito. Los intentos de construir un faro en la isla grande quedaron en agua de borrajas debido a las protestas portuguesas. Finalmente en 1938 una comisión internacional emitió un dictamen en favor de Portugal; España, que se encontraba por esas fechas en plena guerra civil, no pudo enviar ningún representante que defendiera sus posturas, por lo que, de hecho, aún no ha reconocido esa resolución, promovida por Portugal aprovechando las terribles circunstancias españolas.

En 1971 las islas fueron adquiridas por el Estado portugués a un banquero llamado Luis Rocha; inmediatamente después fueron declaradas reserva natural, condición que hoy mantienen. A partir de esa fecha comenzaron las detenciones y expulsiones de pescadores canarios. En 1975, aprovechando las convulsiones que agitaban Portugal, unos pescadores de las Islas Canarias desembarcaron en la Salvaje Grande y clavaron allí una bandera española. No ha sido el único incidente; en varias ocasiones la diplomacia portuguesa ha protestado por la violación de su espacio aéreo por parte de la Fuerza Aérea Española.

El caso es que en 1997, como resultado de las negociaciones para la integración total de España en la estructura de la OTAN, el gobierno español reconoció los derechos en superficie de Portugal sobre el archipiélago. Es decir, reconoció de facto la soberanía lusa sobre las islas. ¿Cuál es el problema, entonces? Las aguas que la rodean. La legislación marítima internacional concede a cualquier trozo de tierra que sobresalga del mar doce millas marítimas de control exclusivo para el país soberano. Si el peñasco en cuestión está habitado, además le corresponden otras 188 millas, hasta completar las 200 millas de Zona Económica Exclusiva, o ZEE.

Eso son muchos miles de kilómetros cuadrados de mar, de caladeros, de posibles explotaciones petrolíferas. Cuando entre un país y otro no hay suficiente espacio para dos zonas, la frontera martítima se traza equidistante entre una costa y la otra. Y ahí viene la cosa. España afirma que las Islas Salvajes no son territorio habitado, básicamente porque la presencia humana constante es muy reciente, y, de hecho, allí no reside nadie permanentemente, únicamente militares y guardianes del parque que se turnan cada tres semanas. Portugal dice que eso ya cuenta, y que si no vive más gente es porque es una reserva protegida. La diferencia entre una y otra interpretación son más de 150 kilómetros de distancia entre un límite y otro, lo que supone decenas de miles de kilómetros cuadrados de ZEE de diferencia.

¿Quién tiene razón? Después de tantos siglos es difícil decirlo. Actualmente las Islas pertenecen a Portugal, que las administra según su parecer, de eso no cabe duda. Que están habitadas también es cierto, pero no tanto que ello implique, en la actualidad, la existencia de una ZEE propia de las islas; en 1938, cuando fue dictaminada la soberanía portuguesa, no lo estaban, y hasta los años setenta la explotación económica de las islas se hizo tanto por españoles como por portugueses. Diversos documentos históricos prueban la soberanía española sobre las Islas, pero los hechos consumados, como en el caso de Olivenza, pesan mucho más. La disputa sigue existiendo, de forma latente y sin demasiado ruido, y no tiene visos de solucionarse pronto.

(Islas Salvajes, es un territorio en África, en disputa entre Portugal y España)  

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